Jesús nos enseña a dar

Sermones

Jesús nos enseña a dar

6 de junio de 2010

 

Los cristianos hacemos buenas obras no para ser salvos, sino porque lo somos; esas buenas obras se traducirán siempre en dar algo a quien lo necesita, que puede ser un pan o nuestra propia vida.

 

 

1Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.

2Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa.

3Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha,

4para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.

Mat. 6:1-4 

 

En Mt. 5:48 vemos la exhortación de Jesús a sus discípulos de ser perfectos; es decir, que sean conforme al corazón de Dios. En todo el Sermón del Monte (del que forma parte este pasaje), el Señor Jesús enseñó a sus discípulos y a nosotros también, cómo los que le siguen se distinguen de las personas del mundo, porque obedecen a una ley superior que Dios a puesto en el corazón de ellos. También hemos aprendido que la ley del evangelio es una ley espiritual superior a la ley de Moisés la cual conocían los seguidores de Jesús. En el pasaje de hoy se sigue viendo el contraste de aquella ley con lo que quiere Jesús para nosotros. Nuestro Maestro enseñaba sobre la necesidad de conducirnos más que por la letra, por el Espíritu de Dios, que mora en nuestro corazón.

 

Desde que creímos en Jesús, hemos sido justificados (Ro. 5:1) por el sacrificio de Jesús en la cruz y somos vistos delante de Él (por su perdón), como si no hubiésemos pecado. Pero conservamos libre voluntad para obedecer o desobedecer a Dios. Lo que nos conviene y Dios quiere, es que seamos congruentes con la justificación que tenemos y actuemos justamente (que hagamos obras justas, como hijos de Dios).

 

Todas las cosas buenas que hagamos nos harán sentir bien, pero estaremos tentados a que, si otros platican o publican nuestras obras buenas, nos sentiremos mejor; eso hay que evitarlo y más aún evitemos mencionar nosotros mismos alguna cosa justa que hicimos porque ésta pierde su valor para nosotros.

 

Lo que el Señor Jesús quiere es que cuidemos de hacer cosas justas con el propósito de quedar bien con los demás o de quedar como admirados por otros. Ningún beneficio espiritual nos traerá el actuar así. Debemos gloriarnos sólo en Dios.

 

Una de las tentaciones más recurrentes para quedar bien con los demás es el momento de dar limosna. ¿Qué es la limosna? Es una cosa que se da por amor de Dios para socorrer una necesidad. La iglesia católica ha utilizado este término para las aportaciones voluntarias a la misma. Pero la Biblia nos enseña que lo que en la iglesia se entrega es ofrenda a Dios, no limosna. Así que cuando en la Biblia se habla de limosna, se refiere a la ayuda que se da a los indigentes.

 

En el Antiguo Testamento tenía gran importancia la limosna; era representada por actos de misericordia con los menesterosos (Dt. 15:11). Por ejemplo, se dejaba algo para los pobres después de la siega (Lv. 23:22, Dt. 24:10-22). En estas dádivas estaban incluidos los extranjeros, los huérfanos y las viudas (los pobres en general). Inclusive, cada tres años se daba el diezmo para los pobres (Dt. 14:28-29), lo mismo que el producto de la tierra durante el último año (sabático); Ex. 23:11. En los grandes banquetes de fiestas anuales se invitaba al pobre, al extraño, al huérfano, a la viuda y al levita (Dt. 16:11-14). Esta era la “justicia israelita” de la que el Señor hace mención en Mat. 6:1.

 

El cristiano debe estar dispuesto a dar (Lc. 3:10, 6:30, 12:33, 14:13-14, etc.). Dios se agrada de los que practican la limosna; es inevitable que haya pobreza o necesidad temporal en algunos. Dos ejemplos de dar son los de Tabita (Hch. 9:36) y Cornelio (Hch. 10:24). Los apóstoles la recomendaban (Hch. 11:29, 20:34-35, Ro. 12:8, 13, etc.). 1ª. Jn. 3:16-17 es ilustrativo de la gran importancia que tiene. También lo dice Stg. 2:14-16.

 

La limosna debe darse con inteligencia. Las escrituras no alientan la indolencia ni la pobreza que ésta provoca (2ª. Ts. 3:10-12).

 

Jesús condena la hipocresía, que era el sello de distinción de los fariseos, que habían cambiado el culto  a Dios por el culto a ellos mismos, que estaban ávidos de reconocimientos y efectivamente la gente les reconocía cuando daban, pues lo hacían en público (eso era su paga).

 

Jesús dice “ustedes no sean como ellos” (Mt. 6:1). El que tal haga, recibirá exhortación de Dios (Mat. 23:13-36). Cuando demos limosna o cualquier acto de ayuda o justicia, será algo entre uno y Dios; nada más. Dar así es un acto de adoración a Dios. La actitud del dador tiene más importancia que el valor material de la misma dádiva (Mr. 12:41-44).

 

Ahora bien, si debemos tener discreción al dar a los necesitados, ¿cuánta más se necesita para dar ofrenda a Dios?

 

· Tenemos la necesidad de actuar con justicia en todo tiempo, con todos los que nos rodean, pero primero con los más necesitados que se encuentran cerca de nosotros.

· Es de gran importancia no ser hipócritas, porque si lo somos, aunque agradamos a algunos hombres, desagradamos a nuestro Dios.

· Tengamos una actitud correcta al dar, con inteligencia y alegría.

· Aunque no demos para ser recompensados por Dios, ya lo somos desde el momento que lo hacemos como Él manda.

Hay mucha gente necesitada a nuestro alrededor, no se requiere tener mucho para poder compartir, pero antes de ello, compartamos la palabra de Dios.